jueves, 1 de enero de 2009

Se cumplen 50 años de la revolución cubana encabezada por Fidel Castro y el “progresismo” autóctono, tanto político como periodístico lo celebran con loas a Fidel y al Che. Ellos siempre tan complacientes con las atrocidades de estos pistoleros desde la comodidad de nuestra democracia. Suelen llenarse la boca con esta palabra, pero a la vez justifican los crímenes y la dictadura castrista. Todo un dechado de incoherencia ideológica. Es difícil descodificar sus pensamientos.
Este fenómeno se advierte entre los intelectuales y los hombres de la prensa. Esto desconcierta al advertirse que precisamente estos que deben hacer germinar su pensamiento en un ámbito de libertad, contrariamente se soslayan con una dictadura tan cruel y criminal. Justamente un régimen que ha coartado la libre expresión.
Si el papel que se atribuye la prensa es ser juez e inquisidor de todo poder, no se entiende como algunos periodistas se manifiestan con tanta venialidad con respecto al déspota cubano.
Lo mismo ocurre con los intelectuales que como pensadores deben desarrollar su actividad en un ámbito de libertad; que son los responsables de la civilización del pensamiento que se debe reflejar en lo político y lo moral.
La democracia no puede prescindir de ellos.
Es entonces que la tiranía, el terrorismo, se convierten en “bienhechores” cuando un intelectual o un periodista elaboran esta teoría y la difunden. Y fueron precisamente algunos intelectuales y periodistas a nivel mundial y local quienes apoyaron el terrorismo. Despotrican contra la dictadura “genocida” de Videla pero admiran las andanzas de violentos como el Che, verdadero culto a la muerte sin sentido alguno.
La revolución cubana supo dividir a la opinión pública internacional indeclinablemente. Están sus detractores y defensores, y toda discusión al respecto es motivo de profundas confrontaciones.
Se sabe que son muchos los desastres que deja el castrismo, entre ellos las cárceles con más de 200 presos políticos. Tampoco la situación social es buena principalmente desde que Rusia les “soltó la mano”.
Por otra parte se empieza a especular que nada ha de cambiar con la muerte de Fidel Castro, lo que se aguarda con cierto optimismo como el final del régimen. El gobierno de Raúl Castro no se diferencia del de su hermano. Aquel no va a abandonar el modelo socialista porque ambos son lo mismo y las intensiones no han cambiado. Tal vez una pequeña apertura al comercio privado pero estrechamente regulado, como consecuencia de las dificultades económicas. La ideología seguirá siendo la misma: antiimperialista, comunista y cerrada a las libertades políticas.-

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